Los Lanzallamas

Los Lanzallamas

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—¡Hay que ver cómo se ponían los burlados! Y no crea que es de ayer o anteayer esto. Hace muchos años que llevo una vida igual. Ahora tengo veinticinco… Pues, desde los diecisiete años que represento comedias. A veces en mi casa hacía cosas como ésta: me subía a la mesa, y me quedaba sentado como un Buda, en cuclillas, dos o tres horas. Un día la patrona de la pensión se asustó. Me dijo que tendría que pedirme la pieza si se me ocurría seguir sustituyendo la mesa por el sofá. ¿Podía hacer otra cosa que reírme? Más que comediante, soy un canalla. Es cierto, un canalla y un bufón; pero, ¿los otros son mejores que yo? ¡Dios mío! No es que me compadezca de mí, no… Pero vea: un día tuve la ocurrencia de enamorarme. Por cínico que sea, aquí está el error de la gente en creer que un cínico no puede enamorarse; yo me enamoré. Me enamoré en serio de una chiquilla. Ella tenía catorce años… No se ría…

—Yo no me río…

Barsut apartó nuevamente la rama de sauce que le cortaba el pecho al llegar al recodo del camino. Un segmento de aluminio bronceado despuntaba sobre la cúpula de los eucaliptos. Barsut contempló pensativo las alturas. Entre la Vía Láctea mediaban callejones tan profundos como los que se desploman ante los escalonamientos perpendiculares de los rascacielos vistos a vuelo de aeroplano.

Continuó grave, confidencial:


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