Los Lanzallamas
Los Lanzallamas »Hubo uno que perdió las ganas de dormir el día que le conté ese sueño. ¿Se da cuenta usted, Ergueta, qué profunda es la perversidad humana? Aborrece hasta las quimeras que lo distraen a un desdichado. ¿Qué pasaría si esos sueños se realizaran? No sé. Posiblemente, de poder matarlo a uno, lo matarían. ¿Puede vivirse así? Dígame sinceramente: ¿se puede vivir de esa manera? No es posible.
»Vea, Ergueta: usted no sé qué vida ha hecho. Usted es bueno y malo, pero en el fondo es un macho. Y un macho está bien plantado en cualquier parte. Pero no conoce a la gente que conozco yo, los perversos y endemoniados de café. Mire: cuando el Astrólogo me despojó de mi dinero, sentí una gran alegría. ¿Sabe por qué? Pues porque me dije: ahora he quedado en la miseria. Ahora tendré que trabajar para triunfar. Lucharé como una fiera, pero saldré con la mía. Todos antes del triunfo tienen características de locos, como todas las mujeres antes de parir son deformes de vientre. Ahora lo que pasa, es que mi sueño de grandeza no me produce alegría. Soy un genio triste. A veces observo mi aburrimiento con tanta meticulosidad, como podría verse el interior del vientre un hombre que tuviera la piel de cristal.
Ergueta contempla una estrella, gruesa, en la altura, como un nardo de oro.