Los Lanzallamas
Los Lanzallamas —No lo maté yo.
Hipólita, que se había ido acercando a la puerta, sosteniendo con ambas manos su cartera a la altura de la cintura, cimbreó el talle al tiempo que sonreía:
—¡Te creo! ¡Te creo! Sos lo suficiente inteligente para hacer que sean otros los que te saquen las castañas del fuego. Además que no vamos a discutir ahora semejantes bagatelas.
El Astrólogo la contempló entre regocijado y sorprendido.
—¿Me acompañarías?
Hipólita lo soslayó, también sorprendida por la pregunta:
—¿Y dudás todavía?
—Tendremos que irnos muy lejos.
—Cuanto más lejos, mejor.
El Astrólogo se puso de pie. Los separaba la balsa roja, con el cabelludo cadáver recogido. El Astrólogo se inclinó, tomó impulso, y de un salto sobre el cadáver pasó junto a Hipólita. Tomándola de la cintura, encorvó la espalda ―él era demasiado alto junto a ella― y murmuró a su oído:
—¿Estás dispuesta a todo?
—A todo. Tengo dinero, además, para ayudarte. Vendí la farmacia.
El Astrólogo, apartando el brazo de su cintura, dijo: