Los Lanzallamas

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—Querida… sos una mujer extraordinaria…, pero yo también tengo dinero.

—¿El de Barsut?

—Querida… yo siempre pago mis deudas. Barsut se ha ido de aquí con dieciocho mil pesos en el bolsillo.

—¿Se los devolviste?

—Sí… pero en billetes falsos.

—¡Sos un hombre magnífico, Alberto! El día que te fusilen iré a la capilla a despedirte con un gran beso. Y te diré: “tené valor, mi hombre”.

—Y lo tendré, querida, lo tendré… Pero no perdamos tiempo. Vamos.

—¿No llevas equipaje?

—¿Qué mejor equipaje que el dinero? Esperame un momento afuera.

Salió Hipólita al rellano, y de tres pasos el Astrólogo subió la escalera que conducía al cuarto de los títeres. Permaneció allí escasamente el tiempo de un minuto, bajó restregándose las manos, cerró con dos vueltas de llave la puerta de entrada al recibimiento y dijo:

—Querida, salgamos.

Más tarde, un vecino que lo vio alejarse con Hipólita del brazo dijo que lo había confundido con el pastor metodista de la localidad. Efectivamente, el Astrólogo, visto de espaldas, con su sombrero plano, parecía un profeso del rito protestante.


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