Los Lanzallamas

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No quedaba duda alguna de que se estaba en presencia de una banda perfectamente organizada y con ramificaciones insospechadas. El asesinato de Haffner, que el cronista de esta historia cree independiente de los otros sucesos delictuosos, fue eslabonado a la tragedia de Temperley. Las declaraciones de Barsut ocupaban series de columnas. No cabía duda de su inocencia.

Los titulares de las noticias abarcaban una y dos páginas. De la mañana a la noche, los cronistas policiales trabajaban amarrados a la máquina de escribir. El día sábado casi todos los diarios de la tarde se convirtieron en álbumes de fotografías macabras. Los reporteros cenaron viandas frías, escribiendo entre bocado y bocado nuevos pormenores de la tragedia. La fotografía de Erdosain campeaba en todas las páginas, con las leyendas más retumbantes que pudiera inventar la imaginación humana.

Erdosain se negaba rotundamente, no sólo a leer, sino a mirar esas hojas de escándalo.

Si pudiera remarcarse en él una singularidad durante esos días, era su seriedad. Cuando se cansaba de conversar sentado, caminaba de un punto a otro del cuarto, hablando como si dictara. Era en realidad un espectáculo extraño el del asesino yendo y viniendo por el cuarto, con pasos lentos, conversando sin volver la cabeza, como frente a un dictáfono.


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