Los Lanzallamas
Los Lanzallamas Durante los tres días que permaneció en mi casa no probó bocado. Tenía. mucha sed y bebía continuamente agua. Una vez, como suma gracia, me pidió que le diera un limón. Posiblemente estaba afiebrado.
Resultaba asombrosa su resistencia. Conversaba hasta dieciocho horas por día. Yo tomaba notas urgentemente. Mi trabajo era penoso, porque tenía que trabajar en la. semioscuridad. Erdosain no podía tolerar la luz. Le era insoportable.
El lunes a la noche se vistió esmeradamente, y me pidió que lo acompañara hasta la estación de Flores. Aquello era peligrosísimo, pero no me negué. Recuerdo que antes de salir me dejó una carta para Elsa, a quien vi algún tiempo después.
A las nueve y media, salimos a la calle. Caminábamos en silencio por veredas arboladas. Observé que encendía un cigarrillo tras otro; además caminaba sumamente erguido. Pisaba fuertemente el suelo. En un tramo del camino, dijo:
—Siento la proximidad de la sepultura negra y húmeda, pero no tengo miedo.
Llegamos a la estación del ferrocarril por la calle Bolivia. Tomamos el camino de piedra que detrás del edificio se utiliza para el tránsito de coches. A través de los árboles del parque brillaban pedazos de vidrieras de dos cafés esquinados. El altoparlante de una radio graznaba agudo: