Los Lanzallamas
Los Lanzallamas De pronto, el asesino, separando la espalda del asiento, sin apartar los ojos de las tinieblas, llevó la mano al bolsillo. En su rostro se diseñaba una contracción muscular de fiera voluntad. La señora, desde el otro asiento, lo miró espantada. Su esposo, con la cara cubierta por el diario que leía, no vio nada. La escena fue rapidísima.
Erdosain llevó el revólver al pecho y apretó el disparador, doblándose con el estampido, simultáneamente, hacia la izquierda. Su cabeza golpeó en el pasamano del asiento. La señora se desvaneció.
El hombre dejó caer el diario y se lanzó corriendo por el pasillo del vagón. Cuando encontró al revisador de boletos, aún tiritaba de espanto. Dos pasajeros del otro coche se sumaron a los hombres pálidos, y en grupo se dirigieron hacia el vagón donde estaba el suicida.
Erdosain parece haber conservado intacto su discernimiento y voluntad, aun en el minuto postrero. De otro modo no se explica que haya encontrado en sí la fuerza prodigiosa para incorporarse sobre el asiento, como si quisiera morir en posición decorosa. Al entrar el grupo de hombres pálidos lo encontró con la cabeza apoyada en el contrafuerte de la ventanilla, respirando profundamente, los párpados cerrados y un puño violentamente contraído. Antes que el convoy llegara a Moreno, Erdosain había expirado.