La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Horas después, el grupo se reunió en torno a los mapas extendidos en la mesa. El hombre rubio, conocido solo como Katelios, tomó la palabra. —Hoy recibiremos el cargamento. Si todo sale según lo planeado, estaremos listos para movernos en dos días.
Miguel frunció el ceño. Había algo en ese hombre que no terminaba de encajar. Su tono era demasiado controlado, sus gestos demasiado medidos. Parecía un líder, pero no del tipo que inspira confianza.
—¿Qué tipo de cargamento? —preguntó Miguel.
Katelios lo miró con una sonrisa afilada. —El tipo que no necesita preguntas.
Las palabras cayeron como un martillo. Miguel sabía que insistir sería inútil, así que guardó su frustración y se limitó a escuchar mientras los demás discutían los detalles del plan. El grupo parecía estar compuesto por piezas de un rompecabezas que no terminaban de encajar: hombres acostumbrados a actuar por instinto, pero con demasiados secretos entre ellos.
Cuando llegó el barco, Miguel notó el nerviosismo en los ojos de los demás. Las cajas que descargaron eran pesadas y estaban marcadas con símbolos extranjeros. Al abrir una de ellas, el brillo metálico de las armas quedó expuesto a la luz del día.