La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida —Esto no es lo que acordamos —dijo uno de los griegos, dando un paso hacia Katelios. —Es exactamente lo que necesitamos —respondió el rubio, sin inmutarse.
La tensión en el aire era palpable. Miguel observó cómo las miradas se cruzaban, cargadas de desconfianza. Algo estaba a punto de romperse, y él sabía que sería mejor estar preparado cuando ocurriera.
Esa noche, mientras el grupo se repartía entre el cobertizo y la playa, Miguel se quedó vigilando el perímetro. El viento soplaba con fuerza, y las olas rompían contra las rocas con un estruendo que parecía aumentar con cada minuto. Fue entonces cuando escuchó voces bajas cerca del muelle.
Sigilosamente, se acercó entre las sombras hasta que pudo distinguir a Beaumont y a uno de los griegos, hablando en un tono que claramente buscaba evitar oídos no deseados.
—No podemos confiar en él —decía el griego. —¿Y qué propones? —respondió Beaumont, apagando otro cigarrillo contra las piedras. —Deshacernos de él antes de que todo salga mal.
Miguel retrocedió antes de que pudieran verlo. Sabía que se referían a Katelios, pero la traición era un veneno que se extendía rápido, y no había garantía de que no lo alcanzara también.