La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida El rubio levantó la vista, su mirada tan afilada como un cuchillo. —Habla.
Miguel se inclinó sobre la mesa, bajando la voz. —Tus hombres no confÃan en ti. He escuchado cosas. Esto puede explotar en cualquier momento.
Katelios no mostró ninguna emoción, pero sus dedos se tensaron ligeramente sobre el borde del mapa. —¿Y tú? ¿ConfÃas en mÃ?
La pregunta era una trampa, y Miguel lo sabÃa. Se tomó un momento antes de responder. —No confÃo en nadie. Pero si queremos salir de esta isla con vida, necesitamos estar en la misma página.
Katelios lo observó durante un largo instante antes de asentir. —Entonces haz tu trabajo y déjame hacer el mÃo.
Pero el trabajo de Miguel pronto lo llevó a descubrir algo que no estaba en los mapas. Explorando los alrededores de la isla, encontró un sendero oculto que descendÃa hacia una pequeña cala. AllÃ, medio enterrado en la arena, habÃa un bote de remos cubierto con una lona vieja. No estaba en las instrucciones ni en los planes de Katelios. Era un secreto, y los secretos en esa isla podÃan significar muchas cosas.