La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Miguel regresó al cobertizo con una sensación de inquietud clavada en el pecho. Antes de poder actuar, una discusión estalló entre dos de los hombres. Uno de los griegos acusaba al albanés de robar parte de las provisiones. Las voces subieron de tono rápidamente, y cuando Katelios intervino, fue como arrojar gasolina al fuego.
—¡Esto no es lo que firmamos! —gritó el griego, golpeando la mesa con el puño. —¿Firmaste? —respondió Katelios, burlón—. Esto no es un contrato. Es una misión. Y si no puedes con ella, puedes irte al mar.
El griego sacó un cuchillo, pero antes de que pudiera avanzar, Miguel se interpuso. —¡Basta!
La palabra cortó el aire como un trueno. El griego dudó por un momento, pero finalmente retrocedió, guardando el cuchillo con un bufido. Sin embargo, el daño ya estaba hecho. La tensión era ahora una soga que apretaba a todos por igual.
Esa noche, Miguel volvió a la cala. Necesitaba respuestas, pero lo que encontró lo dejó helado. El bote ya no estaba, y las huellas en la arena indicaban que alguien lo había usado para escapar.