La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Miguel inspeccionó las cajas, pero varias estaban vacÃas. Las armas habÃan desaparecido. Era evidente que alguien las habÃa tomado durante la noche, quizá quien se habÃa escapado en el bote. El descubrimiento hizo que la atmósfera se volviera aún más tensa.
Katelios se paró en medio de los hombres, con los brazos cruzados y su mirada de hielo recorriendo cada rostro. —Uno de nosotros es un traidor —dijo con voz grave—. Y no me iré de esta isla hasta que lo descubra.
Nadie respondió, pero Miguel pudo sentir el peso de las miradas furtivas. El miedo y la desconfianza eran un veneno que se esparcÃa rápido.
Más tarde, mientras Miguel revisaba los alrededores del campamento, Beaumont apareció detrás de él, tambaleándose ligeramente. —Sabes lo que está pasando aquÃ, ¿verdad? —dijo el inglés, su aliento oliendo a alcohol. —Sé que estamos todos al borde de matarnos —respondió Miguel, sin mirarlo.
Beaumont soltó una risa amarga. —Esa es la idea, amigo. Divide y vencerás, ¿no?
Miguel se giró para enfrentarlo. —¿Qué sabes?
El inglés dio un paso atrás, alzando las manos en un gesto de rendición. —Solo sé que Katelios no es el único con un plan.