La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida Antes de que Miguel pudiera presionar más, un disparo resonó en la distancia. Ambos se giraron hacia el sonido, que venÃa de la playa. Corrieron a toda prisa, y lo que encontraron allà fue peor de lo que Miguel esperaba: uno de los hombres yacÃa en la arena, su pecho atravesado por una bala.
Katelios estaba allÃ, sosteniendo una pistola. Sus ojos eran frÃos, casi mecánicos. —Intentaba escapar —dijo, señalando un pequeño paquete a los pies del cadáver.
Miguel se agachó y abrió el paquete. Dentro habÃa municiones, un mapa de la isla y una radio. Era claro que el muerto tenÃa un plan para abandonar la isla y posiblemente delatar su ubicación.
—¿Y ahora qué? —preguntó Miguel, levantándose. —Ahora, seguimos con el plan —respondió Katelios, guardando la pistola en su cinturón.
Miguel sintió una oleada de furia, pero la mantuvo bajo control. SabÃa que enfrentarse a Katelios en ese momento serÃa un error. En cambio, decidió observar, esperar el momento adecuado.
Esa noche, Miguel se reunió en secreto con uno de los griegos, un hombre llamado Nikos, que parecÃa igual de desesperado por salir de la isla. —Esto no puede continuar asà —dijo Nikos en voz baja—. Katelios está fuera de control.