La isla de la Mujer Dormida
La isla de la Mujer Dormida —Entonces, haz algo —respondió Miguel. —No puedo hacerlo solo.
Miguel sabÃa lo que Nikos querÃa decir, pero no estaba listo para cruzar esa lÃnea. Sin embargo, la situación seguÃa deteriorándose. Los hombres estaban divididos, algunos del lado de Katelios, otros dispuestos a tomar medidas drásticas para detenerlo.
Cuando el sol comenzó a salir, Miguel se encontró solo en la playa, mirando el horizonte. La idea de tomar el bote y huir era tentadora, pero sabÃa que el mar no era más seguro que la isla. Además, no podÃa dejar atrás a esos hombres, por más corruptos y peligrosos que fueran.
El sonido de pasos lo sacó de sus pensamientos. Era Beaumont, con una botella en la mano y una sonrisa torcida en el rostro. —¿Ya decidiste qué lado tomar?
Miguel lo miró con cansancio. —No hay lados aquÃ, solo ruinas.
Beaumont se rió, pero no habÃa humor en su voz. —Eres más listo de lo que pareces. Pero tarde o temprano, tendrás que elegir.
Miguel no respondió. SabÃa que Beaumont tenÃa razón. Y también sabÃa que, cuando llegara el momento, su elección determinarÃa quién vivÃa y quién morÃa en esa isla de sombras.