De sobremesa

De sobremesa

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¡Sí! ¡Ve, me gritaban los glóbulos de la sangre, encendida por el deseo; los nervios tendidos por la continencia de tres meses, los músculos vigorizados por la castidad, ve, sacia tu sed en ese puro vaso de nácar que quiere sentir tus labios, bésalos, sáciate, hártate, agoniza de voluptuosidad en sus brazos en un espasmo de interminables vibraciones!

Separándolos de los de ella, volví los ojos hacia el fondo oscuro de la alcoba, donde la sombra se aglomeraba resistente a la luz eléctrica por el color sombrío de los tapices y di un grito… Acaba de ver unidas, en lo alto del muro, como en una medalla antigua, el perfil fino y las canas de la abuelita y sobre él, el perfil sobrenaturalmente pálido de Helena, en una alucinación de un segundo.

—¿Por qué gritas? —preguntó, sin que desapareciera de sus labios frescos la sonrisa deliciosa de voluptuosidad que los arqueaba—. ¿Por qué gritas? Lo que está caído ahí sobre la alfombra es un ramo de flores que recibí hoy de Niza, recógelo, tráemelo y bésame —agregó reclinando los rizos rubios de la hermosa cabeza sobre el holán de los almohadones. Recogí el ramo, que no había visito antes y con él en la mano me acerqué al lecho, donde el torneado brazo, blanco, blanco y fragante circundó mi cuello.


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