Amor y amistad

Amor y amistad

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Una vez algo repuestos de las abrumadoras efusiones de nuestra pena, Edward expresó su deseo de que nos detuviéramos a pensar cuál era el paso más prudente que, en nuestra desdichada situación, podíamos tomar, mientras él ayudaba a su encarcelado amigo a lamentarse sobre sus desgracias. Después de prometerle que lo haríamos, se dirigió a la ciudad. Durante su ausencia, nos dedicamos a cumplir fielmente con su deseo y, tras un exhaustivo ejercicio de deliberación, finalmente acordamos que lo mejor sería abandonar la casa, en la cual se esperaba la llegada de los oficiales de la justicia en cualquier momento, con el fin de tomar posesión de ella.

Llenas de gran impaciencia, esperamos por tanto la llegada de Edward, con la idea de hacerle partícipe del resultado de nuestras deliberaciones. Pero ningún Edward hizo su aparición. En vano contamos los tediosos momentos de ausencia; en vano lloramos; en vano, incluso, suspiramos… ningún Edward volvió. Fue este un golpe demasiado cruel, demasiado inesperado para nuestra tierna sensibilidad. No pudiendo soportarlo, solo pudimos desmayarnos. Por último, haciendo acopio de toda la resolución de la que fui capaz, me levanté y, tras empacar lo mínimo imprescindible para Sophia y para mí, la arrastré hasta el coche que había enviado llamar y nos dirigimos en seguida hacia Londres.


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