Amor y amistad
Amor y amistad Como la residencia de Edward estaba a unas doce millas de la ciudad, no tardamos mucho en llegar y, en cuanto entramos en Holbourn, bajando una de las ventanillas del coche, comencé a preguntar a toda persona de aspecto decente que nos cruzábamos si habÃa visto a mi Edward.
No obstante, como quiera que el coche iba demasiado deprisa para escuchar las respuestas que mi permanente pregunta recibÃa, la información que obtuve sobre su paradero fue muy pequeña o prácticamente nula.
—¿A dónde voy? —preguntó el cochero.
—A Newgate, amable joven —repliqué yo—, a ver a Augustus.
—¡Oh, no, no! —exclamó Sophia—. No puedo ir a Newgate. No podrÃa soportar la visión de mi Augustus en tan cruel confinamiento. Mis sentimientos ya han sido fuertemente golpeados por el recital de su desgracia, pero contemplarla serÃa una impresión demasiado abrumadora para mi sensibilidad.
Como entendà perfectamente la justicia de sus sentimientos, el cochero se dirigió de nuevo hacia el campo.