Amor y amistad
Amor y amistad —¡Qué escena tan bonita! ¡Ay! ¿Por qué no estarán Edward y Augustus aquà para disfrutar de esta belleza con nosotras?
—¡Ah, mi adorada Laura! —exclamó Sophia—. Ten piedad de mà y evita traer a mi recuerdo la desdichada situación de mi encarcelado esposo. ¡Ay, qué no darÃa yo por conocer el destino de mi Augustus! ¡Por saber si todavÃa está en Newgate o si ya lo han colgado! Pero mi tierna sensibilidad me lo impide y no soy capaz de indagar sobre su estado. ¡Oh, te ruego que nunca más me obligues a escuchar su adorado nombre! ¡Me afecta tan profundamente! ¡No puedo soportar la idea de volver a escucharlo! ¡De tal forma hiere mis sentimientos!
—Perdona, Sophia, por haberte herido de esta forma sin querer —repliqué yo.
Y después de cambiar de conversación, le pedà que admirara la noble grandeza de los olmos que nos protegÃan del zéfiro del este.
—¡Ay, mi Laura! —volvió a exclamar—. ¡Evita hablar de un tema tan melancólico, te lo ruego! No vuelvas a herir mi sensibilidad con observaciones sobre esos olmos. Me recuerdan a Augustus. Él era como esos árboles: alto, majestuoso, poseÃa esa noble grandeza que tú admiras en ellos.
Me quedé en silencio, temerosa de perturbarla involuntariamente hablando de algún tema que pudiese recordarle a Augustus.