Amor y amistad
Amor y amistad ¡Nunca hubo una cara más bonita, una figura más encantadora y un corazón más cruel que los de Louisa! Su hija ya posee los encantos personales de su desdichada madre. ¡Espero que herede los mentales de su padre! Lesley solo tiene veinticinco años y ya vive entregado a la melancolÃa y a la desesperación. ¡Qué diferencia entre él y su padre! Sir George tiene cincuenta y siete y continúa siendo el apuesto y alocado mozo, el alegre muchacho y el joven vivaz que su hijo era hace unos cinco años, y que él es desde que le recuerdo. Mientras nuestro padre se dedica a corretear por las calles de Londres, alegre, disipada e inconscientemente a la edad de cincuenta y siete, Matilda y yo continuamos apartadas de la humanidad en nuestro viejo y polvoriento castillo, situado a dos millas de Perth, sobre una imponente roca, desde la que se domina una extensa vista del pueblo y de sus deliciosos alrededores. No obstante, aunque vivimos separadas de prácticamente todo el mundo (porque solo visitamos a los M’Leod, a los M’Kenzie, a los M’Pherson, a los M’Cartney, a los M’donald, a los M’Kinnon, a los M’lellan, a los M’Kay a los Macbeth y a los Macduff), no somos ni aburridas ni tristes; por el contrario, nunca ha habido dos muchachas más alegres, agradables e ingeniosas que nosotras, y no hay una sola hora del dÃa que nos pese. Leemos, trabajamos, paseamos y, cuando nos sentimos cansadas de estas ocupaciones, aligeramos nuestro espÃritu con una alegre canción, un baile elegante, una ocurrencia o una charla ingeniosa. Somos bellas, mi querida Charlotte, muy bellas, y la mayor de nuestras perfecciones es que nos conducimos como si no lo supiéramos.