Amor y amistad
Amor y amistad Pero ¿por qué me entretengo hablando así de mí misma? Permíteme que, en su lugar, haga aquí el elogioso retrato de nuestra querida sobrinita, la inocente Louisa, que en este momento sonríe dulcemente mientras duerme una pequeña siesta en el sofá. La adorable criatura acaba de cumplir los dos años y es tan bonita como una de veintidós, tan inteligente como una de treinta y dos y tan prudente como una de cuarenta y dos. Para convencerte de esto, debo informarte de que tiene un cutis y unas facciones muy bonitas, de que ya conoce las dos primeras letras del alfabeto y de que nunca estropea sus vestidos. Si todavía no te he convencido de su belleza, inteligencia y prudencia, no hay nada que pueda añadir para apoyar esta afirmación y, si quieres decidir sobre el asunto, tendrás que venir al castillo de Lesley, donde, en contacto directo con Louisa, podrás decidir por ti misma. ¡Ah, mi querida amiga, qué feliz me haría verte entre estos venerables muros! Hace ya cuatro años desde que mi marcha del colegio me separó de ti. Que dos corazones tan tiernos e íntimamente unidos por los lazos de la simpatía y la amistad se hayan visto así, tan lejos el uno del otro, es algo realmente conmovedor. Yo vivo en Perthshire, tú en Sussex. Podríamos encontrarnos en Londres, si mi padre quisiera llevarme y si tu madre se encontrara allí al mismo tiempo. Podríamos encontrarnos en Bath, en Tunbridge o en cualquier otro sitio, si pudiéramos coincidir en el mismo lugar. Solo nos queda confiar en que ese momento llegue alguna vez. Mi padre no volverá a nuestro lado hasta otoño; mi hermano dejará Escocia en pocos días, deseoso de viajar. ¡Qué joven tan confundido! ¡Cuán vanamente sueña que un cambio de aires pueda curar las heridas de un corazón roto!