Amor y amistad

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En este punto me interrumpí, al ver cómo mi pobre hermana se desplomaba, aparentemente sin vida, sobre uno de los arcones donde guardamos los manteles de hilo. Inmediatamente, llamé a mi madre y a las doncellas, y al fin logramos reanimarla. Tan pronto como recobró el conocimiento, expresó su determinación de reunirse inmediatamente con Henry, y estaba tan decidida sobre el particular que no fue sino con la mayor dificultad del mundo como conseguimos evitar que lo llevara a la práctica. Por fin, más por medio de la fuerza que por el de la sugestión, la convencimos de que entrara en su habitación; la metimos en la cama y, durante horas, estuvo allí presa de las más terribles convulsiones. Mi madre y yo permanecimos con ella en la habitación y, siempre que un intervalo de cierta compostura en el comportamiento de Eloísa nos lo permitía, nos entregamos a las más sentidas quejas sobre el terrible desperdicio que este evento iba a ocasionar en nuestras provisiones, y a la elaboración de algún plan para deshacernos de la comida. Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era comenzar a comer inmediatamente. Así, ordenamos que nos trajeran el jamón y la caza, y pusimos en marcha nuestro plan devorador con gran presteza. Intentamos convencer a Eloísa de que se tomara una alita de pollo, pero no hubo forma. No obstante, se mostraba más tranquila que antes; las convulsiones habían cedido y se hallaba en un estado muy próximo a la total inconsciencia. Intentamos animarla por todos los medios a nuestro alcance, pero fue inútil. Le hablé de Henry.


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