Amor y amistad
Amor y amistad Me preguntas si tu nueva madrastra es bonita y amable, y me dispongo a hacerte un retrato preciso de sus encantos fÃsicos y mentales. Es pequeña y tiene una extraordinaria figura; su tez es pálida pero se pone bastante colorete; tiene los ojos y los dientes bonitos —un detalle que ella se encarga de hacerte notar en cuanto te ve— y, en conjunto, es muy agraciada. Tiene muy buen carácter cuando las cosas se hacen a su gusto y cuando no está de mal humor es una persona alegre. Es manirrota por naturaleza y no muy afectada; sus lecturas se reducen a las cartas que yo le escribo, y lo único que escribe son contestaciones a las mÃas. Toca el piano, canta y baila, aunque no tiene el menor gusto ni destaca en ninguno de estos ejercicios; eso sÃ, ella dice que es muy amante de todos ellos. Quizá te preguntes cómo una persona de la que hablo con tan poco afecto puede ser una amiga Ãntima; pero, si debo ser franca, nuestra amistad es más el fruto de su capricho que el de mi estima hacia ella. Coincidimos dos o tres dÃas en Berkshire, en la casa de una señora a la que ambas conocÃamos. Durante nuestra visita —en la que reinó un tiempo muy malo y en la que el resto de los invitados era particularmente estúpido fue tan amable como para desarrollar un vehemente afecto por mÃ, un afecto que pronto se convirtió en declarada amistad y terminó en una correspondencia regular. Imagino que en estos momentos debe de sentirse tan cansada de mà como yo de ella, pero es demasiado educada y yo demasiado civilizada para reconocerlo, de modo que nuestras cartas continúan siendo tan frecuentes y cariñosas como siempre, y nuestro afecto, tan firme y sincero como el del primer dÃa.