Amor y amistad
Amor y amistad Porque te aseguro, mi queridÃsima Charlotte, que no me sentà para nada ofendida, aunque, por lo que sigue, alguien podrÃa suponer que William creÃa haberme dado pie para sentirme asÃ; ya que, tomándome la mano, me dijo:
—¡No te pongas tan seria, Susan, o me harás pensar que te he ofendido!
—¡A mÃ!, querido hermano, ¿cómo has podido suponer algo semejante? —contesté yo—. ¡Por supuesto que no! Te aseguro que no me sorprende en absoluto tu ardiente defensa de la belleza de estas niñas…
—Está bien —me interrumpió William—, pero recuerda que no hemos terminado nuestra discusión sobre ellas. ¿Qué falta puedes encontrar en su cutis?
—Son terriblemente pálidas.
—Siempre tienen un poco de color y, además, después de un poco de ejercicio fÃsico, este sube mucho de tono.
—De acuerdo, pero no sé cómo iban a subirlo de tono, si alguna vez le da por llover en esta parte del mundo, a no ser que se divirtieran corriendo de aquà para allá por estas horribles y viejas galerÃas y antecámaras.
—Bien —replicó mi hermano en tono de fastidio y lanzándome una mirada impertinente—, si tienen poco color, al menos es todo suyo.