Amor y amistad
Amor y amistad Pensarás que este fue un buen golpe de mi parte, pero ya sabes, mi querida Mary, que cuando tengo algo en la cabeza, no paro en mientes.
—¿Le gusta esta región, señorita Grenville? ¿Le parece tan bonita como la que ha dejado atrás?
—En términos de belleza, la encuentro muy superior, señora.
Suspiró. Yo me morÃa por saber por qué.
—Claro que la apariencia de una región, por muy bonita que sea, no puede ser sino un pobre consuelo ante la pérdida del amigo más querido —dije yo.
Ella meneó la cabeza, como si asintiera a la verdad de mis palabras. Mi curiosidad creció tanto que decidà satisfacerla a cualquier precio.
—¿Lamenta entonces haber dejado Suffolk, señorita Grenville?
—Desde luego que sÃ.
—Supongo que nació allÃ.
—SÃ, señora, nacà allà y allà pasé muchos años felices.
—Es un gran consuelo —dije yo—. Espero, señora, que ninguno de ellos fuera infeliz.
—La felicidad perfecta no es propia de los mortales, y nadie puede esperar una felicidad ininterrumpida. Naturalmente he conocido algunas desdichas.
—¿Qué desdichas, querida señora? —repliqué yo, ardiendo de impaciencia por saberlo todo.