Amor y amistad
Amor y amistad —Espero que Ninguna que una falta intencional mÃa haya acarreado, señora.
—Me atreverÃa a decir que no, señora, y estoy segura de que cualquier sufrimiento que haya padecido solo ha podido surgir de la crueldad de conocidos o del error de un amigo.
Suspiró.
—Parece triste, mi querida señorita Grenville. ¿Hay algo que pueda hacer por aliviar su tristeza?
—¿Hacer algo por mÃ? —replicó sorprendidÃsima—. Nadie puede hacer nada por mÃ.
Pronunció estas palabras en un tono tan triste y solemne que, durante un rato, no tuve valor para responder. Me quedé en silencio. Poco más tarde, sin embargo, me recobré y, mirándola con todo el afecto que pude, le dije:
—Mi querida señorita Grenville, parece usted muy joven y quizá necesite el consejo de alguien cuyo afecto por usted, sus años y quizá superior capacidad de juicio, podrÃan autorizarle a dárselo. Yo soy esa persona, y le ruego que acepte este ofrecimiento que le hago, que nace de mi confianza y de mi amistad, y a cambio de las cuales solo le pediré las mismas cosas.