Amor y amistad
Amor y amistad —Querida Lady Scudamore —la interrump×, le ruego que no diga nada más sobre este tema tan triste. No puedo soportarlo.
—¡Oh, cómo admiro la dulce sensibilidad de su alma! Y como no quiero herirla demasiado con mis palabras, guardaré silencio.
—Le ruego que continúe —dije yo.
Y asà lo hizo.
—«Y entonces —añadió él—, ¡ah, prima, imagina cómo me sentiré cuando sienta esas preciosas lágrimas rodando por mi rostro! ¡Quién no morirÃa por conocer un éxtasis semejante! Y cuando esté enterrado, ¡que la divina Henrietta bendiga con su afecto a un joven más afortunado que sienta por ella el mismo tierno afecto que el desdichado Musgrove y que, mientras él se reduce a polvo, ellos vivan un ejemplo de felicidad de la vida conyugal!».
¿HabÃas oÃdo nunca algo tan patético? ¡Qué deseo tan encantador, yacer a mis pies cuando estuviese muerto! ¡Oh, qué mente tan elevada debe de tener para ser capaz de sentir un deseo semejante! Lady Scudamore continuó: