Amor y amistad
Amor y amistad La buena mujer, que habÃa observado las distintas expresiones operadas en el rostro de este, en profundo silencio y con esa benevolencia que caracteriza a todos los habitantes de Evelyn, le rogó que le informara de la causa de su desasosiego.
—¿Hay algo que yo pueda hacer para dulcificar sus penas, señor? DÃgame de qué manera podrÃa aliviarlas, y créame que el amistoso bálsamo de la ayuda y el apoyo no le faltará. Porque sepa, señor, que tengo un alma piadosa.
—Amable mujer —dijo el señor Gower, conmovido casi hasta las lágrimas por este generoso ofrecimiento—, esta grandeza de corazón de alguien para quien soy casi un desconocido, hace que desee aún más ardientemente una casa en este dulce pueblo. ¡Qué no darÃa por ser su vecino, por ser bendecido con su trato y con el conocimiento aún mayor de sus virtudes! ¡Oh, con qué placer me formarÃa con su ejemplo! DÃgame pues, flor entre las mujeres, ¿no existe ninguna posibilidad? No puedo hablar. Ya sabe qué es lo que quiero.