Amor y amistad
Amor y amistad El señor Gower se sintió desbordado por la generosidad de la dama, mientras se metía el monedero en el bolsillo, y, conmovido por un exceso de gratitud, apenas pudo expresarse inteligiblemente cuando aceptó las cien libras. El señor Webb entró en seguida en la habitación y repitió todas las muestras de amistad y cordialidad que su dama había hecho antes. El chocolate, los bocadillos, las gelatinas, los pasteles, el helado y la sopa hicieron su aparición. Después de probar un poco de cada cosa y de guardarse el resto en los bolsillos, el señor Gower fue conducido al saloncito y allí tomó una cena excelente, acompañada de los vinos más exquisitos, mientras el señor y la señora Webb se mantenían en pie a su lado, animándole a comer y a beber un poco más.
—Y ahora, mi buen señor —dijo el señor Webb, una vez que el señor Gower concluyó su comida—, ¿qué más podemos hacer para contribuir a su felicidad y expresarle el afecto que le profesamos? Díganos qué es lo que más desea y permita que le estemos muy agradecidos por comunicarnos sus deseos.
—Denme entonces su casa y sus tierras. No quiero nada más.
—Son suyas —exclamaron los dos a un tiempo—. Desde este momento son suyas.