Amor y amistad
Amor y amistad El asunto quedó acordado y el señor Gower aceptó el regalo. El señor Webb ordenó el coche y pidió a William que llamara a las señoritas.
—PrÃncipe de los hombres —dijo la señora Webb—, no le molestaremos más.
—No se disculpe, querida señora —replicó el señor Gower—, puede usted quedarse media hora más si quiere.
Ambos estallaron entonces en raptos de admiración por su cortesÃa, aunque creyeron que esta no hacÃa sino agravar la inexcusable conducta de ellos por permanecer allà robándole su tiempo.
Las señoritas entraron en la habitación. La mayor tendrÃa unos diecisiete años, la otra, varios menos. Tan pronto sus ojos se fijaron en la señorita Webb, el señor Gower sintió que más que la casa que acababa de recibir necesitaba otra cosa para ser feliz. La señora Webb le presentó a su hija.
—Mi amor, este es nuestro querido amigo, el señor Gower. El señor Gower ha sido tan generoso que ha aceptado esta casa como regalo, a pesar de lo pequeña que es, y ha prometido quedarse con ella para siempre.
—Señor —dijo la señorita Webb—, permÃtame que le agradezca muchÃsimo su amabilidad, más halagadora aún teniendo en cuenta la brevedad de su relación con mi padre y mi madre.
El señor Gower inclinó la cabeza.