Amor y amistad

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La señora Percival enrojeció vivamente ante estas palabras y, sin dirigirse a nadie en particular, comenzó en seguida una larga arenga sobre el lamentable comportamiento de los jóvenes actuales, y sobre la profunda alteración que se había producido en ellos desde sus tiempos, algo que ilustró con muchas anécdotas instructivas sobre el decoro y la modestia que habían marcado la personalidad de los que había conocido en su juventud. No obstante, esto no impidió que, en el curso de la tarde, el joven saliera al jardín con su sobrina durante casi una hora y sin otra compañía. Habían salido con ese propósito acompañados de Camilla en un momento en que la señora Percival se había ausentado, y no fue hasta pasado un tiempo, al regresar esta a la habitación, cuando descubrió dónde estaban. Camilla había caminado un rato con ellos por el paseo que conducía al cenador, pero, cansándose pronto de escuchar una conversación en la cual raras veces era invitada a participar, y que con frecuencia giraba en torno a los libros, lo cual lo hacía aún más difícil, los dejó juntos en el cenador para vagar sola por otra parte del jardín, donde se dedicó a comer fruta y a examinar el invernadero de la señora Percival. Su ausencia, nada lamentada, apenas fue percibida por ninguno de los dos, que continuaron charlando sobre casi todo tipo de cosas —porque Stanley raras veces se detenía mucho tiempo en un tema en particular, y tenía algo que decir sobre casi todo— hasta que se vieron interrumpidos por su tía.


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