Amor y amistad
Amor y amistad Porque Amor y amistad, con algunos pasajes similares en los fragmentos que lo acompañan, es realmente una soberbia obra burlesca, algo muy superior a lo que las damas de aquel tiempo llamaban un chascarrillo agradable. Es una de esas cosas que se leen con gozo porque han sido escritas con gozo; en otras palabras, porque son juveniles, entendiendo aquí juvenil como alegre. Se cree que escribió estas cosas cuando tenía diecisiete años, y evidentemente lo hizo de la forma en que la gente dirige una revista familiar, porque las ilustraciones que se incluyen en el manuscrito eran obra de su hermana Cassandra. Todo el trabajo está lleno de esa clase de buen humor que es más intenso en privado que en público, igual que la gente se ríe más en la casa que en la calle. Muchos de sus admiradores quizá no esperen, muchos de sus admiradores quizá no admiren, la clase de humor que se encuentra en la carta de la joven dama «cuyos sentimientos eran demasiado intensos para el razonamiento» y que comenta incidentalmente: «Maté a mi padre cuando era muy pequeña, después maté a mi madre y ahora me dispongo a asesinar a mi hermana». Personalmente, me parece admirable; no la culpa, sino la confesión. Pero hay mucho más que hilaridad en el humor, incluso en este estadio de su crecimiento. Hay una especie de elegancia del absurdo casi en todas partes, y no poca de la verdadera ironía de Austen. «El noble joven nos informó de que su nombre era Lindsay, aunque por razones particulares lo llamaré aquí Talbot». ¿De verdad alguien podía desear que una cosa así desapareciera en la papelera? «No era sino una simple joven de buen carácter, educada y bien dispuesta. Como tal, era difícil que nos disgustara: solo podía ser objeto de desdén». ¿No se parece a una primera línea borrosa del retrato de Fanny Price? Al escucharse un fuerte golpe en la puerta de la casa rústica junto al río Uske, el padre de la heroína se pregunta por la naturaleza del ruido y, después de analizarlo, paso a paso, con cuidado, todos llegan a la conclusión de que se trata de alguien que llama a la puerta. «Sí —exclamé yo—. No puedo evitar pensar que debe de tratarse de alguien que desea ser admitido en nuestra casa». «Esa es otra cuestión —replicó él—. No debemos pretender determinar cuál es la causa por la cual la persona llama a la puerta, aunque estoy parcialmente convencido de que alguien llama a la puerta». En la exasperante lentitud y lucidez de la respuesta, ¿no se encuentra la sombra de otro padre más famoso? ¿No escuchamos por un momento, en la casa rústica junto al río Uske, la voz inconfundible del señor Bennet?