Emma

Emma

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—¡Ah! Aquí tiene usted la charada que tuvo la amabilidad de prestarnos; muchas gracias por habérnosla dejado. Nos ha gustado tanto que me he tomado la libertad de copiarla en el álbum de la señorita Smith. Espero que su amigo no lo va a tomar a mal. Desde luego sólo he copiado los ocho primeros versos.

Se veía claramente que el señor Elton no sabía muy bien qué decir. Parecía indeciso, y algo confuso; dijo algo acerca de que «era un gran honor»; miró a Emma y a Harriet, y luego, viendo el álbum abierto sobre la mesa, lo cogió y lo examinó muy atentamente. Con objeto de salir de aquella situación un tanto embarazosa, Emma dijo sonriendo:

—Le ruego que me excuse delante de su amigo; pero no era posible que una charada tan bonita como ésta fuera conocida tan sólo por una o dos personas. Mientras escriba de un modo tan galante, su amigo puede contar con la admiración de todas las mujeres.

—No vacilo en declarar —replicó el señor Elton, aunque vacilaba no poco al pronunciar estas palabras—, no vacilo en declarar… por lo menos si es que mi amigo siente lo que yo siento… no tengo la menor duda de que si viese su modesta expansión poética honrada como yo la veo ahora —dirigiendo de nuevo la mirada hacia el álbum y volviendo a dejarlo sobre la mesa— consideraría este instante como uno de los más dichosos de su vida.


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