Emma
Emma —Sà —dijo rápidamente el señor John Knightley con cierta socarronerÃa—, parece tener muy buena voluntad… sobre todo por lo que se refiere a ti.
—¿A m� —exclamó Emma con una sonrisa de asombro—; ¿imaginas que el señor Elton está interesado por m�
—Confieso, Emma, que esta idea me ha pasado por la imaginación; y si antes de ahora nunca habÃas pensado en ello ya tienes motivo para hacerlo.
—¡El señor Elton enamorado de mÃ! Pero ¡a quién se le ocurre!
—Yo no digo que sea asÃ; pero no estarÃa de más que pensaras en si es o no es verdad, para amoldar tu conducta a lo que decidas. Yo creo que le das alas siendo tan amable con él. Te hablo como un amigo, Emma. SerÃa mejor que abrieras bien los ojos y te aseguraras de lo que haces y de lo que quieres hacer.
—Te agradezco el interés; pero te aseguro que te equivocas por completo. El señor Elton y yo somos muy buenos amigos, nada más.
Y siguió andando, riéndose para sus adentros de los desatinos que a menudo se le ocurren a la gente que sólo conoce una parte de los hechos, y de los errores en que incurren ciertas personas que pretenden tener un criterio infalible; y no muy complacida con su cuñado que la creÃa tan ciega e ignorante, y tan necesitada de consejos. Él no dijo nada más.