Emma
Emma Lo que ocurría era que, a pesar de la decisión que había tomado Emma de no casarse nunca, había algo en el nombre, en la idea del señor Frank Churchill que siempre la había atraído. Con frecuencia había pensado —sobre todo desde que el padre del joven había contraído matrimonio con la señorita Taylor— que si ella tuviera que casarse Frank Churchill sería la persona más indicada, tanto por su edad como por su carácter y su posición social. Por la relación que existía entre ambas familias parecía una unión perfectamente natural. Y Emma no podía por menos de suponer que era una boda en la que debería de pensar todo el mundo que les conocía. Estaba totalmente persuadida de que los Weston pensaban en ello; y aunque no estaba dispuesta a que ni él ni ningún otro hombre le hiciera abandonar su actual situación que consideraba más pletórica de bienestar que ninguna otra nueva que pudiese sustituirla, sentía una gran curiosidad por verle, una decidida intención a encontrarle agradable, a que él se sintiera atraído hasta cierto punto, y una especie de placer ante la idea de que en la imaginación de sus amigos ambos aparecieran unidos.