Emma
Emma —¡Qué extraño es usted! ¿Qué ha hecho el señor Frank Churchill para hacerle suponer que es un hijo desnaturalizado?
—Yo no supongo que sea un hijo desnaturalizado, ni muchÃsimo menos; lo único que digo es que sospecho que le han enseñado a creerse que está por encima de sus parientes y a preocuparse muy poco de todo lo que no le represente un placer, por haber vivido con unas personas que siempre le han dado ejemplo de esto. Es mucho más natural de lo que fuera de desear que un joven criado entre personas que son orgullosas, amantes de la vida regalada y egoÃstas, sea también orgulloso, amante de la vida regalada y egoÃsta. Si Frank Churchill hubiese querido ver a su padre se las hubiera ingeniado para venir entre setiembre y enero. Un hombre a su edad… ¿Qué edad tiene? ¿Veintitrés o veinticuatro años?… A esa edad no puede dejar de contar con recursos para hacer una cosa asÃ. No es posible.
—Eso es fácil de decir, y usted que nunca ha dependido de nadie lo encuentra muy natural. Usted, señor Knightley, es quien menos puede opinar sobre las dificultades que surgen cuando dependemos de alguien. No sabe lo que es tener que habérselas con ciertos caracteres.