Emma
Emma —Lo dudo. A usted le parece muy fácil hacer que se inclinen los espÃritus mezquinos; pero cuando se trata de gente rica y autoritaria, esa mezquindad se hincha de tal modo que se convierte en tan poco manejable como si no lo fuera. Me imagino que si usted, señor Knightley, tal como es ahora, pudiera de repente encontrarse en la situación del señor Frank Churchill, serÃa capaz de decir y hacer lo que le recomienda; y es muy posible que consiguiera lo que se propone. Quizá los Churchill no supieran qué contestarle; pero es que usted no tendrÃa que romper con unos arraigados hábitos de obediencia y de supeditación; para quien los tiene no puede ser tan fácil convertirse de pronto en una persona totalmente independiente y no hacer ningún caso de los derechos que ellos pueden reclamar para tener su gratitud y su afecto. Es posible que él se dé tanta cuenta como usted de cuál es su deber, pero que en las circunstancias concretas en que se halla no pueda obrar como usted lo harÃa.
—Entonces es que no se da tanta cuenta. Si no se ve con ánimos para poner los medios, es que no está tan convencido como yo de que debe hacer este esfuerzo.