Emma

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Su primera visita fue para la Hostería de la Corona, una hostería de no demasiada importancia, aunque la principal en su ramo, donde disponían de dos pares de caballos de refresco para la posta, aunque más para las necesidades del vecindario que para el movimiento de carruajes que había por el camino; y sus acompañantes no esperaban que allí el joven se sintiese particularmente interesado por nada; pero al entrar le contaron la historia del gran salón que a simple vista se veía que había sido añadido al resto del edificio; se había construido hacía ya muchos años con el fin de servir para sala de baile, y se había utilizado como tal mientras en el pueblo los aficionados a esta diversión habían sido numerosos; pero tan brillantes días quedaban ya muy lejos, y en la actualidad servía como máximo para albergar a un club de whist que habían formado los señores y los medios señores del lugar. El joven se interesó inmediatamente por aquello. Le llamaba la atención que aquello hubiera sido una sala de baile; y en vez de seguir adelante, se detuvo durante unos minutos ante el marco de las dos ventanas de la parte alta, abriéndolas para asomarse y hacerse cargo de la capacidad del local, y luego lamentar que ya no se utilizase para el fin para el que había sido construido. No halló ningún defecto en la sala y no se mostró dispuesto a reconocer ninguno de los que ellas le sugirieron. No, era suficientemente larga, suficientemente ancha, y también lo suficientemente bien decorada. Allí podían reunirse cómodamente las personas necesarias. Deberían organizarse bailes por lo menos cada dos semanas durante el invierno. ¿Por qué la señorita Woodhouse no hacía que aquel salón conociese de nuevo tiempos tan brillantes como los de antaño? ¡Ella que lo podía todo en Highbury! Se le objetó que en el pueblo faltaban familias de suficiente posición, y que era seguro que nadie que no fuera del pueblo o de sus inmediatos alrededores se sentiría tentado de asistir a esos bailes; pero él no se daba por vencido. No podía convencerse de que con tantas casas hermosas como había visto en el pueblo, no pudiera reunirse un número suficiente de personas para una velada de ese tipo; e incluso cuando se le dieron detalles y se describieron las familias, aún se resistía a admitir que el mezclarse con aquella clase de gente fuera un obstáculo, o que a la mañana siguiente habría dificultades para que cada cual volviera al lugar que le correspondía. Argumentaba como un joven entusiasta del baile; y Emma quedó más bien sorprendida al darse cuenta de que el carácter de los Weston prevalecía de un modo tan evidente sobre las costumbres de los Churchill. Parecía tener toda la vitalidad, la animación, la alegría y las inclinaciones sociales de su padre, y nada del orgullo o de la reserva de Enscombe. La verdad es que tal vez de orgullo tenía demasiado poco; su indiferencia a mezclarse con personas de otra clase lindaba casi con la falta de principios. Sin embargo no podía darse aún plena cuenta de aquel peligro al que daba tan poca importancia. Aquello no era más que una expansión de su gran vitalidad.


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