Emma
Emma —Bueno —dijo Emma—, sobre gustos no hay nada escrito… Pero por lo menos, exceptuando el color de la tez, puede decirse que le ha producido buena impresión.
El joven sacudió la cabeza y se echó a reÃr:
—No sabrÃa dar una opinión sobre la señorita Fairfax sin tener en cuenta este hecho.
—¿La veÃa usted a menudo en Weymouth? ¿Se encontraban con frecuencia en los mismos cÃrculos sociales?
En aquel momento se estaban acercando a la tienda de Ford, y él se apresuró a exclamar:
—¡Vaya! Ésta debe de ser la tienda a la que, según dice mi padre, acude todo el mundo cada dÃa sin falta. Dice que de cada semana seis dÃas viene a Highbury y siempre tiene algo que hacer aquÃ. Si no tienen ustedes inconveniente me gustarÃa entrar para demostrarme a mà mismo que pertenezco al pueblo, que soy un verdadero ciudadano de Highbury. TendrÃa que hacer unas compras. Me someto, abdico de mi independencia de criterio… Supongo que venderán guantes ¿no?
—¡Oh, sÃ! Guantes y todo lo que usted quiera. Admiro su patriotismo. Le adorarán en Highbury. Antes de su llegada ya era muy popular por ser el hijo del señor Weston… pero deje usted media guinea en casa Ford y tendrá mucha más popularidad de la que merece por sus virtudes.