Emma
Emma Entraron, y mientras traían y desplegaban sobre el mostrador los suaves y bien liados paquetes de «Men's Beavers» y «York Tan»[11], el joven dijo:
—Le ruego que me disculpe, señorita Woodhouse, me estaba usted hablando, ¿qué me decía en el momento de mi estallido de amor patriae? ¿Sería tan amable de repetírmelo? Le aseguro que por mucho que aumentara mi renombre en el pueblo, no me consolaría de la pérdida de un gramo de felicidad en mi vida privada.
—Sólo le preguntaba si había tratado mucho a la señorita Fairfax en Weymouth.
—Ahora que entiendo su pregunta, debo confesarle que me parece muy delicada. El derecho de decidir el grado de amistad que se tiene con un caballero siempre se concede a las damas. La señorita Fairfax ya debe haber dado su parecer sobre la cuestión. No voy a ser tan indiscreto como para atreverme a atribuirme más del que ella haya decidido concederme.
—Palabra que contesta usted con tanta discreción como podría hacerlo ella misma. Pero siempre que ella hablaba de algo lo hace de una manera tan ambigua, es tan reservada, se resiste tanto a dar la menor información acerca de cualquiera, que creo que usted puede decirnos lo que le plazca acerca de su amistad con ella.