Emma
Emma —¿De veras? Entonces les diré la verdad, y nada me complace tanto como poder hacerlo. En Weymouth la veÃa con frecuencia. En Londres yo habÃa tenido cierto trato con los Campbell; y en Weymouth frecuentábamos los mismos cÃrculos. El coronel Campbell es un hombre muy agradable, y la señora Campbell una dama muy amable y muy cordial. Les profeso un gran afecto.
—Entonces supongo que conocerá usted la situación de la señorita Fairfax; la clase de vida que le espera.
—Sà contestó titubeando—, creo estar enterado de todo eso.
—Emma —dijo la señora Weston sonriendo—, ésas son cuestiones muy delicadas; recuerda que estoy yo presente. El señor Frank Churchill apenas sabe qué decir cuando le hablas de la situación de la señorita Fairfax. Si no te importa, me apartaré un poco.
—La verdad es que me olvido de pensar en ti —dijo Emma—, porque para mà nunca has sido otra cosa que mi amiga, la mejor de mis amigas.
El joven pareció comprender todo el sentido de las palabras de Emma y rendir homenaje a sus sentimientos. Y una vez comprados los guantes, de nuevo en la calle, Frank Churchill dijo:
—¿Ha oÃdo tocar alguna vez a la señorita de la que estábamos hablando?