Emma
Emma Emma hubiera deseado que el joven se mostrara menos intencionado, pero la situación no dejaba de divertirla; y cuando al mirar de reojo a Jane Fairfax se dio cuenta de que en sus labios flotaba una vaga sonrisa, cuando advirtió que al rubor de la responsabilidad de poco antes había sucedido una sonrisa de oculta complacencia, sintió menos escrúpulos de que todo aquello le divirtiera y mucha menos compasión por ella… La encantadora, digna, perfecta Jane Fairfax, al parecer se complacía en sentimientos muy reprensibles.
Frank Churchill entregó a Emma todos los cuadernos de música, y ambos los ojearon juntos… Emma aprovechó la oportunidad para susurrar:
—Habla usted demasiado claro. Tiene a la fuera que entenderlo.
—Así lo espero. Lo que quisiera es que me entendiese. No me avergüenzo lo más mínimo de lo que estoy diciendo.
—Pues le aseguro que yo sí que estoy un poco avergonzada, y preferiría que no se me hubiese ocurrido la idea.
—Yo me alegro mucho de que se le ocurriera y también de que me la comunicase. Ahora ya sé cómo interpretar sus rarezas y sus extravagancias. Déjele que se avergüence. Si obra mal debería darse cuenta de lo que hace.
—A mí me parece que no deja de darse cuenta.