Emma
Emma Apenas todos los invitados habían vuelto a reunirse en la sala de estar, cuando hizo su aparición el señor Weston. Había vuelto a su casa para cenar, aunque un poco tarde, e inmediatamente después de haber terminado se dirigió a Hartfield. Sus íntimos le habían esperado con demasiada impaciencia para que les produjera sorpresa, pero sí les causó una gran alegría. El señor Woodhouse estuvo tan contento de verle ahora como hubiese estado inquieto de verle antes. Sólo John Knightley quedó mudo de asombro… Que un hombre que podía haber pasado la velada tranquilamente en su casa, después de un día de negocios en Londres, volviese a salir y anduviese media milla para ir a una casa ajena, con el único objeto de no estar solo hasta la hora de acostarse, para terminar su jornada en medio de constantes esfuerzos para ser cortés y del bullicio de una reunión de sociedad, era un hecho que le dejaba totalmente asombrado. Un hombre que se había levantado a las ocho de la mañana, y que ahora podía estar tranquilo, que había estado hablando durante una serie de horas, y que ahora podía estarse callado, que había estado rodeado de mucha gente, y que ahora podía estar solo… Que un hombre en estas circunstancias renuncie a la tranquilidad y a la independencia de su sillón junto a su chimenea, y en el atardecer de un día de abril frío y con aguanieve, se lance de nuevo fuera de su casa buscando la compañía de los demás… Si haciendo una simple señal con el dedo hubiese podido conseguir que su esposa le acompañara inmediatamente de regreso a su casa, hubiese sido un motivo; pero su llegada, antes prolongaría la reunión que contribuiría a disolverla. John Knightley le contemplaba estupefacto; luego se encogió de hombros y dijo: