Emma

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—Nunca lo hubiese creído, ni siquiera de él.

Entretanto, el señor Weston, incapaz de sospechar la indignación que estaba suscitando, feliz y jovial como de costumbre, y con todo el derecho que confiere un día pasado fuera de casa para que le dejen hablar, iba dirigiendo palabras amables a todo el resto de los invitados; y después de haber contestado a las preguntas de su esposa acerca de su cena, y de haberla dejado convencida de que ninguna de las minuciosas instrucciones que había dado a los criados, había sido olvidada, y después de comunicar a todos las últimas noticias de que se había enterado en Londres, procedió a dar una noticia familiar que, aunque iba dirigida principalmente a la señora Weston, no tenía la menor duda de que iba a ser de gran interés para todos los que estaban allí reunidos. Entregó a su esposa una carta de Frank que estaba destinada a ella; la había encontrado en su casa y se había tomado la libertad de abrirla.

—Léela, léela —le dijo—, tendrás una alegría. Sólo son cuatro letras, no te llevará mucho tiempo. Léesela a Emma.

Las dos amigas se pusieron a leer la carta juntas; y él se sentó sonriendo, y sin dejar de hablarles durante todo el rato, en una voz más bien baja, pero perfectamente audible para todo el mundo.


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