Emma

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—Sí, ya lo creo, muy considerable. Sesenta y cinco millas más de la distancia que hay entre Maple Grove y Londres. Pero, señor Weston, ¿qué son estas distancias para las personas de gran fortuna? Se quedaría usted maravillado si supiera cómo a veces mi cuñado, el señor Suckling, viaja de una parte a otra. No sé si me creerá, pero… en la misma semana él y la señora Bragge fueron a Londres y volvieron dos veces, con cuatro caballos.

—Lo malo de este viaje desde Enscombe —dijo el señor Weston— es que la señora Churchill, según nos dicen, ha estado toda una semana sin poder levantarse del sofá. En la última carta que le escribió a Frank, según nos contó mi hijo, se quejaba de que estaba demasiado débil para ir hasta su «invernadero» sin que él y su tío la cojan de los brazos. Ya ve usted, esto indica que ha llegado a un grado extremo de debilidad… pero ahora resulta que está tan impaciente por estar en Londres que quiere hacer el viaje sin pasar más que dos noches en el camino… Es lo que dice literalmente Frank. La verdad, señora Elton, es que las señoras delicadas tienen naturalezas realmente singulares. Tiene usted que admitirlo.




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