Emma
Emma Emma no tuvo oportunidad de hablar con el señor Knightley hasta que terminó la cena; pero cuando volvieron a reunirse de nuevo en la sala de baile, sus ojos le invitaron de un modo irresistible a acercársele y a recibir su gratitud. Él censuró duramente la conducta del señor Elton; habÃa sido una groserÃa imperdonable; y las miradas de la señora Elton su parte correspondiente de reprobación.
—Se proponÃan algo más que humillar a Harriet —dijo él—. Emma, ¿por qué se han convertido en enemigos de usted?
Él la miraba sonriendo, como queriendo penetrar en sus pensamientos; y al no recibir respuesta añadió:
—Sospecho que ella no tiene motivos para estar enfadada con usted, aunque él sà los tenga… Ya sé que no va a aclararme nada de esta suposición mÃa… Pero, Emma, confiese que usted querÃa casarlo con Harriet.
—SÃ, lo confieso —replicó Emma— y no pueden perdonármelo.
El señor Knightley sacudió la cabeza; pero sonreÃa indulgentemente y se limitó a decir:
—No voy a reñirla. La dejo con sus reflexiones.
—¿Puede usted tener una idea tan halagadora de m� ¿Cree que mi vanidad puede permitir que me dé cuenta de que me equivoco? —Su vanidad no, pero sà su sinceridad. Si una cosa la empuja a equivocarse, la otra la obliga a reconocer su error.