Emma
Emma —No sabe la gratitud que le debo —decÃa él— por haber insistido en que viniera hoy. De no haber sido por usted, me hubiese perdido una excursión tan magnÃfica como ésta. Yo estaba completamente decidido a volver a casa ayer mismo.
—SÃ, estaba de muy mal humor; y no sé exactamente por qué, si es que no era por haber llegado demasiado tarde para las mejores fresas. Fui una amiga más amable de lo que merecÃa. Claro que usted fue humilde. Y me rogó mucho que le ordenara venir.
—No diga que estaba de mal humor, no es cierto. Estaba cansado. El calor puede conmigo.
—Pues hoy hace más calor.
—Yo no lo siento tanto. Hoy me encuentro muy a gusto. —Se encuentra a gusto porque obedece órdenes. —¿Órdenes de usted? SÃ.
—Quizás era eso lo que esperaba que me dijera, pero me referÃa a órdenes que se daba usted mismo. PodrÃa decirse que ayer perdió los estribos y perdió el dominio de sà mismo; hoy ha vuelto a recobrar este dominio… y como yo no puedo estar siempre a su lado es preferible que dependa usted de las órdenes que se dé usted mismo que no de las mÃas.
—Viene a ser lo mismo. Yo no puedo dominarme a mà mismo sin un motivo. Usted me da órdenes, tanto si habla como si no dice nada. Y usted puede estar siempre a mi lado. Siempre está usted conmigo.