Emma
Emma —Cierto, querida, tienes toda la razón; sÃ, sÃ, es exactamente como tú dices… yo nunca habÃa oÃdo… pero siempre hay jóvenes que se atreven. Es mejor considerarlo como una broma. Todo el mundo sabe el respeto que se te debe.
—Eso no sirve —musitó Frank al oÃdo de Emma—, la mayorÃa se ha ofendido. Les atacaré con más malicia. ¡Señoras y caballeros! La señorita Woodhouse me ordena decirles que renuncia a su derecho de saber exactamente todo lo que están pensando, y sólo les pide que cada uno de ustedes diga algo divertido, sea lo que sea. Ustedes son siete, sin contarme a mà (que, modestia aparte, ya estoy diciendo algo divertido), y ella sólo pide que cada uno de ustedes diga una cosa muy ingeniosa en verso o en prosa, como quieran, original o imitado de alguien, o diga dos cosas más o menos ingeniosas o tres cosas muy aburridas, y se compromete a reÃrse con toda su alma de todo lo que se diga.
—¡Oh, espléndido! —exclamó la señorita Bates—. Eso sà que no me preocupa. «Tres cosas muy aburridas». Eso es muy fácil para mÃ, ¿eh? Sólo con abrir la boca puedo tener la seguridad de decir inmediatamente tres cosas muy aburridas, ¿verdad? —Mirando a su alrededor como aguardando humorÃsticamente el asentimiento de todos—. ¿No les parece a todos ustedes que me será fácil?
Emma no pudo contenerse.