Emma
Emma —Emma, quisiera hablar con usted una vez más, como tengo por costumbre hacerlo: un privilegio que supongo que usted más que permitÃrmelo, lo soporta, pero debo seguir usando de él. No puedo ver que obra usted mal, sin hacerle reproches. ¿Cómo ha podido ser tan cruel con la señorita Bates? ¿Cómo ha podido ser tan insolente con una mujer de su carácter, de su edad y de su situación? Emma, nunca lo hubiera creÃdo de usted.
Emma hizo memoria, enrojeció, se sintió apenada, pero trató de tomarlo a broma.
—Bueno, no resistà la tentación de decirlo… Nadie la hubiera resistido. No creo que obrase tan mal. Estoy casi convencida de que no me entendió.
—Le aseguro que sÃ. Comprendió muy bien lo que querÃa usted decir. Luego lo ha estado comentando. Y me hubiese gustado que hubiese podido oÃrla… con qué buena fe y con qué generosidad hablaba. Me hubiera gustado que hubiese podido oÃrla al elogiar la paciencia de usted al tener tantas atenciones con ella, como siempre ha recibido de usted y de su padre, cuando su compañÃa debe de ser tan fastidiosa.
—¡Oh! —exclamó Emma—. Ya sé que es la mujer más buena del mundo. Pero debe usted reconocer que en ella la bondad y la ridiculez van unidas de la manera más lamentable.