Emma
Emma —Sà —dijo él—, reconozco que son dos cosas que en ella van unidas; y si estuviese en buena posición no tendrÃa gran inconveniente en que, de un modo ocasional, la ridiculez prevaleciera sobre la bondad. Si fuese una mujer rica dejarÃa que todas sus tonterÃas inofensivas tuviesen el comentario que merecen, y no la regañarÃa a usted por haberse permitido ciertas libertades de expresión. Si su posición fuera igual a la suya… pero, Emma, piense que éste no es el caso ni muchÃsimo menos. Es pobre; ha venido a menos y ha tenido que abandonar las comodidades entre las que nació; y probablemente, si aún le quedan muchos años de vida, todavÃa tendrá que renunciar a más cosas. En su situación es obligado que usted la compadezca. ¡No! ¡Hizo usted muy mal, muy mal! Usted, a quien ella ha conocido desde niña, que la ha visto crecer en una época en la que su trato honraba a todo el mundo… que ahora sea usted la que en un, momento de ligereza y de orgullo se rÃa de ella, quien la humille… y además delante de su sobrina… y delante de otras personas, muchas de las cuales (por lo menos algunas) se guiarán ciegamente por el modo en que usted la trate… Eso no es digno de usted, Emma… y a mà no puede resultarme agradable de ningún modo; pero creo que debo… sÃ, que debo, mientras pueda, decirle esas verdades y tener el consuelo de saber que me he portado como un amigo leal que le da un buen consejo, y confiar en que un dÃa u otro se dará usted cuenta de la razón que tengo.