Emma

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Mientras hablaban iban andando hacia el coche, que ya estaba dispuesto; y antes de que Enema pudiera replicar él ya la había ayudado a subir; el señor Knightley había interpretado mal los sentimientos que habían impulsado a la joven a mantenerse con la cara vuelta y en silencio. No eran más que una mezcla de indignación consigo misma, de mortificación y de profundo pesar. No le había sido posible hablar; y al entrar en el coche se dejó caer en el asiento, verdaderamente abrumada por unos instantes… luego se reprochó a sí misma no haberse despedido, no haber reconocido la verdad de aquellas reconvenciones, haberle dado la impresión de estar enojada; se asomó a la ventanilla con el propósito de corregir su actitud por todos los medios; pero ya era demasiado tarde. Él se había alejado y los caballos iniciaban la marcha. Siguió mirando hacia atrás; pero en vano; y en seguida, con lo que le pareció una rapidez mayor que la habitual, estuvieron ya a media cuesta de la colina y todo quedó demasiado lejos. Emma se sentía más irritada de lo que hubiera podido expresar con palabras… incluso más de lo que era capaz de disimular. Nunca, en ningún momento de su vida se había sentido tan nerviosa, tan mortificada, tan abatida. Aquella escena había sido superior a todo. La verdad de los reproches que le habían hecho era innegable. Lo sentía de todo corazón. ¡Cómo había podido ser tan brutal, tan cruel con la señorita Bates! ¿Cómo había podido exponerse a que los que la apreciaban formasen tan mala opinión de ella? ¿Y cómo había dejado que el señor Knightley se separase de ella sin decirle ni una palabra de gratitud, de aceptación de sus censuras, de simple afecto?


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